Con la violencia a cuestas, aspirando a la medalla de paz en la solapa

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La propuesta descabellada del momento: el Nobel de Paz para Donald Trump. En redes sociales, quienes consideran esta nominación como el colmo del disparate piensan que es inédita o uno de los tantos males que ha traído el fatídico 2020. Pero no, no es la primera vez que se le nomina, ya sucedió en 2018 y, aunque deje pasmado a muchos, no es poco el respaldo que ha obtenido el presidente estadounidense y nada debería extrañar que se haga realidad la premiación si analizamos los antecedentes del mentado galardón, que de paz, lo justito.

Hace dos años, lo postuló, entre otros, su aliado de Corea del Sur, Moon Jae In, y de inmediato tomaron cartas en el asunto un grupo de congresistas estadounidenses, que ahora también se han dado a la tarea de hacer lobby. El mandatario surcoreano dijo: «Es realmente el presidente Trump quien debería recibirlo. Nos conformamos con la paz», ante la pregunta de si esperaba él ser nominado y recibiría eventualmente semejante reconocimiento.

De inmediato, los republicanos hicieron suyas las palabras de Moon y remitieron una carta al Comité del Nobel en Oslo, Noruega, donde argumentaron: «Desde que llegó a la Casa Blanca, el presidente Trump ha trabajado sin descanso para presionar al máximo a Corea del Norte con el objetivo de terminar su programa nuclear ilícito y llevar la paz a la región».

Vale aclarar que la nominación formal en 2018 la hizo el mismo político ultraderechista noruego que el pasado 9 de septiembre inscribiera a Donald Trump en el listado para el título de paz. Un ferviente admirador, sin dudas, de las excentricidades y la prepotencia del número uno de la Casa Blanca.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump nominado al Premio Nobel de la Paz. Foto tomada de internet.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump nominado al Premio Nobel de la Paz. Foto tomada de Internet.

En esta ocasión, el mérito que se edulcora a más no poder es el llamado Acuerdo de Abraham, una negociación supuestamente a tres bandas donde se benefician dos y por detrás se perjudican no pocos. El pacto busca el entendimiento entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, enemigos hasta ayer por aquello de que Tel Aviv con su política sionista le ha enfilado los cañones al mundo árabe, siendo el conflicto israelo-palestino la base de todo. Y en este contexto, Washington ha buscado desde siempre llevarse las palmas por los «buenos oficios» de intentar reconciliar a los adversarios. Ahora no podía ser diferente, más cuando a los dos que unió en armonía son aliados suyos; eso quiere decir que había sobradas maneras de convencerlos.

Antes de darse a conocer este tratado de paz entre Israel y los Emiratos, ya Trump había presumido de un adefesio diplomático que bautizó como el acuerdo del siglo. Se refería a la solución «a la americana»para amistar a su socio israelí con los palestinos. Cual fórmula mágica, minimizando el hecho de que este entuerto lleva décadas de odios y necesita demasiadas concesiones, el mandatario norteamericano quiso recoger en un documento todas las ambiciones de una de las partes e imponérsela a la otra, y a eso le llamó acuerdo y más increíble aún, del siglo. Habría que ver en qué milenio por venir un tercero decide por dos que no se hablan, y con evidente favoritismo hacia uno de ellos.

Donald Trump anuncia acuerdo de paz ¨histórico¨ entre Israel y Emiratos Árabes Unidos. Foto tomada de internet.
Donald Trump anuncia acuerdo de paz ¨histórico¨ entre Israel y Emiratos Árabes Unidos. Foto tomada de Internet.

Como si se tratara de la confección de un currículo apurado para justificar la candidatura y,si llegase, el premio, Trump se apuntó -tan solo dos días después de conocida la propuesta para completar por la medalla de oro con la cara de Alfredo Nobel, el diploma y la nada despreciable suma de dinero- el esfuerzo por otro entendimiento para establecer lazos diplomáticos, esta vez repetía Israel como uno de los extremos y Bahréin el otro.

Medalla del premio Nobel, en la imagen Alfred Nobel. Foto tomada de internet.
Medalla del premio Nobel, en la imagen Alfred Nobel. Foto tomada de internet.

Vino a completar el aval «pacifista», la alabanza de un parlamentario sueco a Trump por impulsar también un acuerdo de cooperación económica entre Serbia y Kosovo, dos que solo manejaban lenguaje guerrerista.

Ya el Nobel de Paz estaba bastante desprestigiado de cara a la opinión pública con algunos de los nombramientos anteriores como para que la posibilidad de que un personaje tan opuesto a la paz se haga con él en la venidera edición, perturbe sobremanera. Realmente que Donald Trump lo logre no hace la diferencia a esta altura del partido cuando su antecesor, Barack Obama, fue laureado con tal distinción y todavía sigue sin respuesta la interrogante de por qué fue merecedor.

Digamos que Obama tubo un Nobel por lo que él representaba, por la esperanza de un cambio que se quedó en discursos. El tercer Nobel en la historia presidencial de Estados Unidos no empezó las guerras de Irak y Afganistán, pero mantuvo las tropas allí, generó nuevos conflictos e incursiones militares y consolidó la estrategia de guerra no convencional por todo el orbe; todo ello enmascarado en una oratoria conciliadora y pacifista.

Barack Obama recibe premio Nobel de la Paz en 2009. Foto tomada de internet.
Barack Obama recibe premio Nobel de la Paz en 2009. Foto tomada de Internet.

Si ese es el medidor, Trump se ajusta perfectamente. Su política exterior ha sido de mano dura y accionar concreto. No tiene guerra por cuenta propia pero ha mandado a llover misiles en un par de conflictos heredados. Pretende solucionar cada controversia sobre la base de la coacción, pero bajo el principio de menos advertir y más demostrar poderío y alcance.  Lo que pasa que entre grito y amanezca, se saca de la manga un guiño pacificador.

Primero, aprovechó los asomos de paz que se respiraron en la península coreana para llevarse todo el mérito cual si hubiese ideado y ensayado el plan de principio a fin. Es decir, coreografiar la subida de tono de 2017 al punto de una guerra nuclear para luego venderse apaciguador y mediador en el diferendo que marca la vida de las dos Coreas.

Realmente fueron momentos inéditos los que protagonizaron Kim Jong-un y Moon Jae In en la cumbre del 27 de abril de 2018. Era la primera vez que un líder norcoreano pisaba suelo del sur, en una ceremonia donde primaron las sonrisas, los estrechones de mano, las fotos amigables, una sucesión de actos simbólicos y muchas frases esperanzadoras alegóricas al fin de la guerra y la convivencia armoniosa.

Kim Jong-un y Moon Jae-in se reúnen en histórica Cumbre(abril 2018). Foto: Cubadebate
Kim Jong-un y Moon Jae-in se reúnen en histórica Cumbre(abril 2018). Foto: Cubadebate

Se trataba del clímax de un proceso de acercamiento que tuvo en el deporte su deshielo, y que posteriormente fue cristalizándose hasta llegar al diálogo al más alto nivel que dejaba constancia de un compromiso escrito de avanzar hacia la desnuclearización, pasando por el fin de las presiones de Occidente y el cerco económico-militar.

Luego otro hito: el cara a cara en condición de iguales entre Trump y Kim Jong-un. De «hombre cohete» el uno y «viejo chocho» el otro, pasaron a ser interlocutores con una agenda común que redefinía las relaciones adversas que han sido denominador común entre Washington y Pyongyang. Pero la cosa se quedó en titulares y portadas.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, en cumbre en Singapur(junio 2018). Foto: La Vanguardia
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, en cumbre en Singapur (junio 2018). Foto: La Vanguardia

Parecía la coronación de la «voluntad pacifista», esa que han coreado una y otra vez los interesados en premiar al número uno de la Casa Blanca, nuevamente en una visión totalmente sesgada que recompensa una parte  -casi siempre bastante simbólica- y no el todo; como fue también el caso de otro Nobel, Juan Manuel Santos, quien si bien logró firmar un Acuerdo de Paz con las FARC, no fue el único artífice del pacto, no terminó en toda su magnitud el conflicto armado, solo lo hizo en teoría bien adornada -o de que otra forma se explica la situación actual que atraviesa el país donde se desmorona lo firmado antes de terminar de implementarse, sigue la violencia, el fuego cruzado de grupos armados ilegales, las muertes selectivas de opositores y las causas estructurales que originaron la confrontación permanecen inalterables- y además,  tiene un pasado de Ministro de Defensa con una política de exterminio por la fuerza bruta del contrario.

En el año 2016 le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos, expresidente de Colombia. Foto tomada de internet.
En el año 2016 le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos, expresidente de Colombia. Foto tomada de Internet.

Lo mismo sucede con el magnate inmobiliario devenido Jefe de Estado. La paz no ha sido asunto suyo ni en lo doméstico ni mucho menos en los asuntos exteriores. Al tiempo que bombardea Afganistán o Siria, sabotea con su arrogancia sin límites cada evento internacional o cierra programas de beneficio para grupos no minoritarios dentro de sus propias fronteras. Tiene una batalla campal en sus narices por asuntos de abuso policial y racismo, y únicamente le echa leña al fuego con posiciones supremacistas. Se enemista con Latinoamérica casi en su conjunto y para cada gobierno extranjero que se le insubordina a sus designios siempre pone sobre el tapete soluciones de violencia.

Por ello, la tesis de que en el caso coreano, o en el de los acuerdos con los países árabes, somos testigos de un ejercicio de diplomacia con un fin específico de acumulación de créditos y loas, pero con propósitos reales mucho más turbios, adquiere más sentido cuando se analiza que, devolverle la tranquilidad a la región de Asia oriental u Oriente Medio no conviene a los intereses estadounidenses, que han tenido en el enemigo norcoreano, o el iraní, bien sea el caso, la excusa perfecta para mantener la presencia de efectivos en el área a modo de contención con adversarios mayores como China y Rusia.

Que Donald Trump finalmente gane o no el título del Comité Noruego, solo contribuirá al descrédito del legado de Alfredo Nobel, que en su versión de «Premio de Paz» parece ser destinado al más guerrista de los personajes de turno en los últimos tiempos.

 

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