21 junio, 2021

Coincidencias funestas

Las coincidencias funestas de ayer y de hoy marcan sobre todo las grandes diferencias al existir actualmente condiciones ajenas a aquella horrible realidad, hija de la fatal combinación de ausencia de adelantos científicos y la política del colonialismo, traído a estas tierras por España y sus similares.

Epidemias en La Habana

Las consecuencias de la actual pandemia en Cuba, particularmente en La Habana, la capital del país y una de las zonas con mayor número de casos, trae a la memoria una pasada situación, quizás la más grave de este tipo hasta el presente con la invasión de la  COVID-19.

Aunque sean ahora muy diferentes las circunstancias en tiempo, espacio y entorno de la ciudad, un hecho común les une, el alto precio pagado con la vida humana, en los comienzos de la década de 1830 y su punto más crítico en 1833.

La Habana se perfilaba ya entonces como la capital más importante en El Caribe por el desarrollo económico en el sector azucarero, la creciente llegada de emigrantes españoles, el tráfico comercial en su bahía y la belleza de su naturaleza.

Numerosas cartas de familias españolas dejaron constancia de los elogios y posibilidades de trabajo, y  el carácter alegre y jovial de los criollos. Eran elocuentes al describir las complejas condiciones sanitarias de la ciudad, de un olor fuerte en las calles por falta de alcantarillado, la dura situación de los esclavos y las nubes de mosquitos, asentados en los manglares de la costa. También se referían a las estrechas vías donde el agua, junto con los desechos las hacía pestilentes e intransitables.

Ante una realidad de esta magnitud y la despreocupación de las autoridades coloniales –ocupadas en la acumulación y extracción de riquezas– pareciera lógico el estrago causado por la epidemia del cólera, que hasta finales de marzo de 1833 se calcula la significativa  muerte de unas treinta mil personas.

Presentes el racismo y realidad colonial

Al principio nadie se percató de los enfermos, pero luego comenzó a pensarse en los africanos, aunque diversas opiniones coinciden en que la epidemia no vino de África sino en un barco procedente de Portland, Newport o de Boston, por uno de los marineros portador de la enfermedad y que falleció poco después.

Al comienzo de la epidemia las más  acomodadas creyeron no les afectaría, pues los primeros casos aparecieron en los barrios extremos y pobres, pero bien pronto se convencieron de su agresividad al atacar a unos y otros por igual.

Así lo relató el habanero Ramón de Palma y Romay (1812 -1860) poeta, cuentista, dramaturgo, ensayista y periodista cubano-español, a quien hay que agradecer siempre el haber dejado constancia de los duros y graves acontecimientos ocurridos entonces,  en una novela corta titulada ¨El cólera en La Habana¨.

Ramón de Palma y Romay. Foto: Ecured
Ramón de Palma y Romay. Foto: Ecured

Pero poco a poco los casos se multiplicaban y muchas familias huyeron de la ciudad y se fueron a los pueblos cercanos. Las personas que aquí quedaban vivían segregadas de todo trato y comunicación, de modo que La Habana parecía el cadáver de lo que había sido; todo en pavoroso silencio y abandono; los pleitos sin curso, el comercio paralizado, las calles sin vivientes.

Hay párrafos de un personaje que merecen señalarse. “De esta enfermedad no muere sino gente pobre y desarreglada  en habiendo buen régimen no hay cuidado. En primer lugar no comer ninguna cosa pesada. Nada de frutas ni de dulces: que el estómago se conserve siempre en calor. Para esto recomiendan los médicos el uso de té y de alguna bebida espirituosa: yo me tomo todos los días a las once un draquecito de aguardiente de caña con azúcar y me va perfectamente. .. El uso del agua de soda también dicen que es excelente, porque corrige los ácidos del estómago. Por supuesto que es necesario desterrar la ensalada y toda menestra y no hacer uso de ninguna salsa: carne asada y nada más. Pero lo que dicen que preserva sobre todo es el tabaco…

Vale la pena destacar la significación de ¨draquecito¨, un trago con azúcar, limón, menta, yerba buena u otras, en alusión a Francisco Draque,​ un corsario, comerciante de esclavos, político y vicealmirante inglés. Nada más ni menos que la famosa mezcla del mojito, el aguardiente aportaba calor, el agua diluía el alcohol, el limón aportaba la vitamina C. Se aseguraba contribuía a mejor las gripes de los marineros expuestos a las rudezas de los largos meses en la mar.

Emergencias (1920) fue el primer hospital monumental con que contó La Habana. Foto: Cubadebate
Emergencias (1920) fue el primer hospital monumental con que contó La Habana. Foto: Cubadebate

En aquel entonces la cifra total de médicos alcanzaba solo a 85 facultativos en la capital, según datos oficiales, por lo cual proliferaban infinitas recetas o métodos curativos ante el horror causado por la enfermedad.

Hasta las autoridades disparaban desde las fortalezas cierto número de  cañonazos a fin limpiar la atmosfera.

De Palma y Romay relata otros aspectos también desalentadores sobre el silencio y soledad interrumpidos tan sólo “por el lastimoso grito de un colérico que pedía agua y se revolcaba en su lecho y lidiaba desesperado con las últimas angustias de la muerte; y si animaba aquella espantosa soledad algún viviente, era un hombre pálido y presuroso que recorría las calles como un fantasma, e iba en busca de un médico o del sacerdote“.

Cuando aquella plaga comenzó a desaparecer, de Palma la reflejó así: “La Habana recobró de nuevo su animación, volviendo a seguir su curso los negocios y a entrar otra vez la gente en el orden ordinario de su antigua vida“. Cabe señalar la aplicación de medidas sobre el aseo, la no aglomeración de personas y el establecimiento con cuarentenas.

El Templete en La Habana. Foto tomada de internet.
El Templete en La Habana. Foto tomada de internet.

El cólera y mucho más

En La Habana de entonces vale la pena recordar la existencia ya de El Templete, inaugurado el 29 de marzo de 1828, pequeño templo declarado Patrimonio de la Humanidad desde el año 1982, decorado con tres murales del pintor francés Juan Batista Vermay, quien también fuera fundador de la Escuela de San Alejandro. En este lugar reposan sus cenizas.

Pero no solo la capital cubana padeció esta epidemia del cólera. Los archivos recogen otras  a lo largo de ese siglo, y pese a todo hablan de la presencia de noventa mil habitantes en La Habana de 1833, dato dejado para el final en búsqueda de la curiosidad de los interesados.

Mucha razón tenía de Palma y Romay al considerar la importancia de la novelística en la vida de los pueblos, fue el primero que introdujo de manera consciente sus historias en ambientes cubanos y escribió: «Un autor en el día es tan positivo como el más sólido matemático y desgraciado de él si al tomar la pluma pierde de vista a la sociedad en que se halla y sólo llena el papel de falsedades insulsas; pues obtendrá, en retorno de sus tareas, en vida la mofa de los críticos y el olvido de la posteridad en muerte.» Murió en La Habana a los 42 años.

Las coincidencias funestas de ayer y de hoy marcan sobre todo las grandes diferencias al existir actualmente condiciones ajenas a aquella horrible realidad, hija de la fatal combinación de ausencia de adelantos científicos y la política del colonialismo, traído a estas tierras por España y sus similares.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *