La Ceiba en mi ventana

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Mi abuela me contó que fueron los negros esclavos quienes sembraron en estas tierras la tradición de respeto por la Ceiba. Aunque es de origen centroamericano, ese árbol sagrado encierra en su tronco los misterios del África.

Foto: Yadira Barrios Herrera

Desde pequeña, muchos fueron los mitos alrededor del pasado que abraza y a varias personas escuché decir, que cortar sus raíces es como dañar las entrañas a la propia madre naturaleza.

Religiosos y ateos, negros y blancos honran la solemnidad de su altura, de hasta 60 metros, sinónimo de respeto y resistencia.

Los textos mayas hablan de cinco ceibas que fueron colocadas por los dioses al principio del mundo: la roja, al este; la blanca, al norte; la negra, al oeste; la amarilla, al sur y la verde, al centro, como eje del universo.

En los campos cubanos, la Ceiba se considera el árbol más venerado. Unas veces santa, otras bruja, son pocos quienes han resistido la tentación de tocarla o cobijarse bajo su sombra que según se dice, sana el alma.

Cada cuatro años, sus ramas se preñan de capullos. De ellos, nacen copos de algodón que colman los alrededores y se esparcen por el aire llevando calma.

Esta mañana encontré uno posado en mis zapatos. En el centro cobijaba la semilla, tan pequeña que me hizo sentir afortunada, porque supe que en su interior aguarda una gran Ceiba. Y la sembré.

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