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Estados Unidos tiene hambre renovada de América Latina

Estados Unidos tiene hambre renovada de América Latina

La ilusión del destino manifiesto se le escapa a Estados Unidos. El lento pero certísimo declive de la primera potencia mundial se refleja en todo lo que toca. Y Trump es síntoma de ese estado de cosas. Brama, tergiversa, se desdice pero siempre dentro de los límites de su puesta en escena. Que hay método en ello, lo hay.
Los arbitrajes fundamentales siguen a cargo de eso que él mismo llama estado profundo; y según el cual ha debido (desde una colaboración consciente) readecuar una y otra vez sus decisiones geopolíticas, como condición “sine qua non” para sostenerse primero como presidente y luego como opción de cara a las elecciones de 2020 en Estados Unidos.
En Siria, por ejemplo, juega con las cartas que heredó: la protección de agrupaciones terroristas y la manipulación del factor kurdo para intentar (sin conseguirlo) fragmentar en pedazos al estado sirio y evitar, o al menos retardar, el fin de la guerra en la nación árabe. Sus golpes contra Siria, a falta de éxito concreto, se han vuelto verdaderos premios de consolación para Israel. Concesiones para fortalecer la alianza de Washington con su portaviones en Medio Oriente: Tel Aviv; es el caso de la declaración de la supuesta soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Y sí, Trump ha sido blanco de su propia impotencia.

Incluso cuando ha intentado un cambio de tuerca, ¿recuerdan su decisión pública de retirar a los 2 000 militares estadounidenses en Siria? ha debido recular ante las presiones de la industria armamentística y el Pentágono, para esperar el fin de una película que (sabe) no termina como Washington imaginó, pero le toca asumir el fracaso “in situ”, nada de salir por la puerta del fondo.
Es la factura que el tiempo y los malos hábitos cobra a Estados Unidos, por jugar al incendio en casa ajena, llevando caos a una sociedad (la siria) que incurrió en “el pecado capital” de ejercer una política exterior independiente.
No hay milagros que le ahorren la bofetada a una superpotencia que aplica la misma fórmula esperando resultados distintos. Si algo ha logrado Washington con la guerra en ese país es fortalecer la convicción del pueblo sirio, la imagen de Rusia como actor indispensable en los desafíos globales, el esquema de alianzas Moscú – Ankara- Teherán; y de paso, alejar a Turquía del paraguas USA, ya aprendida la lección de que no se puede confiar en las intenciones de socios veleidosos.
Ahora que Estados Unidos mira a América Latina con hambre renovada, la que no sació en otras regiones. Ahora que anuda más fuerte la soga. ¿Se arriesgará Washington a una segunda Siria?. En la casa imperial, ¿qué tan tóxico es el miedo?.

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