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Elliott Abrams, una carta bajo la manga de Donald Trump

Elliott Abrams, una carta bajo la manga de Donald Trump

Como en buen juego de ajedrez, se despliegan las más recientes maniobras de la administración Trump. Llama la atención cómo está resurgiendo el lado más oscuro de la ultraderecha en la primera línea de mando de Estados Unidos. Y tiene sus máximos exponentes en aquellos que no temen admitir públicamente que el intervencionismo es ‘su solución’ y ‘su mecanismo’ más efectivo.

El presidente Donald Trump sentó a su mesa a John Bolton, su asesor de Seguridad Nacional desde mayo pasado, uno de los hombres más influyentes en la invasión de Irak. Quien ha defendido desde hace años un ataque militar a Corea del Norte y fue determinante en la ruptura del acuerdo nuclear con Irán, ya con la actual presidencia.

Y en todo ha influido con un fuerte sentido belicista, pues nunca ha ocultado su preferencia por las acciones militares para que se cumplan los objetivos de los EE.UU.  Además, recientemente, levantó titulares cuando apareció en una rueda de prensa en la Casa Blanca con una libreta de notas en la que estaba escrito “5 mil soldados a Colombia”. Por otro lado, el magnate neoyorkino también ha dejado a Marco Rubio operar como jefe “de facto” de relaciones de EE.UU. con América Latina.

Y en la actualidad, con los más recientes sucesos en Venezuela, varios medios presentan a este senador como el enemigo mayor de Maduro en Washington. Otra silla en el estrecho círculo de compinchados en los proyectos más peligrosos de Trump, ha sido cedida a Elliott Abrams. Veterano diplomático de la era Reagan y Bush. Es el hombre a quien el secretario de Estado de EE.UU., Mike Pompeo, nombró como enviado especial para Venezuela.

Y vaya encargo que le dio: el de ayudar a Estados Unidos a ‘restaurar la democracia’ en ese país latinoamericano. Pero este señor es bien conocido en la región, tanto por haber ocultado información sobre el caso Irán-Contra, como por su intento de desacreditar informes de la masacre de casi mil personas por un batallón militar entrenado por Estados Unidos en El Salvador.

Abrams estuvo vinculado con la obtención del dinero usado para financiar el movimiento conocido como Contra nicaragüense, que luchaba contra el Gobierno sandinista de Nicaragua. Y también él desempeñó un papel clave en el fallido intento de golpe contra el presidente venezolano Hugo Chávez en el 2002.

Parece que Estados Unidos vuelve a apostar por la fuerza como variante primera para obtener lo que quiere. Busca restablecerse con el gran garrote, ante la pérdida de terreno como imperio y el despertar de potencias mundiales como China, Irán, Turquía y Rusia.

A las claras Washington mueve hilos y reformula estrategias que apuntan al recrudecimiento del intervencionismo. Dijeron que retirarían tropas de Afganistán y Siria, pero del dicho al hecho. El número de bases militares estadounidenses apunta a crecer y Colombia es uno de los escenarios candidatos para este propósito.

Intervenir militarmente a Venezuela es una carta barajada con toda intención por estos días. Y, casualidad, que ahora se maneje otra vez la posibilidad de enlistar a Cuba como país patrocinador del terrorismo. Todo esto tras propiciar una secuencia de eventos, orquestada desde el mismo centro de operaciones en EE.UU. y en la cual también involucró al ELN colombiano, con el fin evidente de crear pretextos para criminalizar a otros y así generar nuevos campos de batalla.

Ojo, entonces. Pues seguimos frente a un enemigo que ha querido serlo, porque quiere dominar por encima de todos; y lo peor, al precio que crea necesario. 

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