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El Fidel de nosotros

Los de mi generación también tenemos nuestro Fidel, y es que la condición de nacer en los noventa nos insufló rebeldía consiente desde la cuna. Somos pragmáticos y al mismo tiempo, arquitectos de lo soñado; tenemos una fe visceral en los valores propios, y hay verdades que se parecen tanto a nosotros que van en altares de la memoria. Y puede haber muchas razones para ser así, pero me gusta pensar en cuanto eso tiene que ver con lo que aprendimos de Fidel.

El proceso que lideró y las bases que lo consolidan, determinan una parte esencial de nuestra generación (jóvenes pero ya adultos), que aprendimos a aquilatar la dignidad del ser, conquistando todos los días el derecho a elegir el camino propio. Las identidades que nos definen (aún en un mundo tan plural) están cargadas de antimperialismo, no sólo porque sabemos qué se esconde detrás del emblema del águila, también porque entendemos nuestra profundidad humana y social. La condición de isla con enorme autoridad moral ante las naciones, nos permite dar el ejemplo, con el mismo coraje y amor con que extendemos la mano a quien lo necesita, o cerramos el puño ante la injusticia.
A pesar de los recursos a los que el bloqueo no permite acceder, seguimos siendo ese modelo de país que puso a Cuba en el mapa político, y no sólo por la universalización del acceso a la educación, la salud, la cultura y el deporte. Hicimos posible un proyecto distinto, equitativo, unificador, ante los ojos de más de una decena de presidentes estadounidenses que esperaron en vano a que Cuba fuera servida en sus platos de mesa. Con hechos, le dijimos al mundo que era posible establecer un sistema de protección social e independencia política, con resultados en la investigación y la producción biotecnológica, con talentos en todas las esferas del arte, sin perder de vista que el ser humano y su realización plena, puede y debe estar al centro de las prioridades, aunque el neoliberalismo lo descarte.
No es que seamos perfectos, ninguna obra humana lo es, pero creo, somos consecuentes, una virtud que Fidel nos enseñó con el ejemplo. Y como los grandes patriarcas, Fidel jamás se despide. La América mayúscula necesita mucho re – encontrarlo, ahora que la desmemoria, la falta de trabajo ideológico y las divisiones internas en bloques políticos en países como Argentina, Brasil o Chile, dificultan aún más visualizar la diferencias entre acceder al poder y construir uno auténtico, haciendo posible una alternativa que rompa con el control del capital.
Fidel sigue alertando con su capacidad única de asistir al futuro. Escuchémoslo, su obra mayor somos nosotros.

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