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Duque opta por discurso pacificador de cara a la comunidad internacional

El fin de semana se cumplieron 2 años de la firma del acuerdo de paz para Colombia. El aniversario prácticamente coincidió con los 100 primeros días del gobierno de Iván Duque.

Ambos acontecimientos obligan a repensar qué ha sucedido en ambos períodos, sobre todo en función de la reconstrucción y armonización de un país con una guerra incrustada en la gente de la peor manera y con las más dolorosas marcas.

Para rematar, este martes se conoció que la Comisión de Paz del Congreso colombiano envió una carta al presidente Duque pidiéndole permiso para que autorice una reunión con la delegación del Ejército de Liberación Nacional, acá en La Habana donde se encuentra el equipo negociador guerrillero, para explorar las posibilidades de reactivación de un diálogo que permanece estancado y al que el jefe de estado parece no darle demasiada importancia.

Claro, Duque ha optado por un discurso pacificador de cara a la comunidad internacional: les cuenta a todo el mundo que la paz es lo más grande y que su administración está de a lleno en ella, así pregonó por Europa y le dijo al mismísimo Papa Francisco recientemente cuando lo visitó; pero en la concreta, opta por condicionar el reinicio del proceso con los argumentos de siempre y prefiere dejar la bola en la cancha del ELN, para que la ciudadanía vuelva a creer que son ellos los culpables, intransigentes y obstinados en la lucha armada.

Lo cierto es que no ha nombrado ni siquiera a un nuevo equipo gubernamental que al menos se acerque a evaluar el tema.

Le ha dado por cuestionar a Cuba, cuya labor como garante ha sido reconocida por todos de manera impecable, sobre la presencia de jefes guerrilleros ajenos a los negociadores.

Es sabido que se refiere al número uno, el comandante Gabino, pero comete un error que incluso es calificado por la revista Semana de «estúpido» al «manejar con las patas las relaciones internacionales y en particular con isla» pues la entrada y salida de toda persona relacionada con el proceso colombiano se ha hecho bajo estrictos protocolos y con anuencias de las partes en cuestión.

Duque no se ha ocupado tampoco de impulsar los proyectos de ley necesarios en el parlamento para terminar de articular la implementación del ya firmado acuerdo con las FARC y su canciller insiste en que el texto tendrá «ajustes», el uribismo habla de «modificaciones» pero nada se anuncia para bien o para mal.

La Fundación Paz y Reconciliación también sacó sus cuentas a la hora de analizar estos dos años de supuesta construcción de paz y la advertencia más dura es la siguiente: si se procede con la extradición del exguerrillero Jesús Santrich, preso hoy en Bogotá acusado sin evidencias de nexos con el narcotráfico, los líderes de las FARC que se encuentran en paradero desconocido, entre ellos Iván Márquez, uno de los dos rostros más mediáticos de la negociación de paz, pudieran decidir rearmarse y Colombia estaría destinada a repetir su historia de violencia y terror. Peligroso escenario sobre el que se necesita actuación inmediata.

Escenario que por demás se complejiza si se analiza qué ha hecho Duque con el resto de sus promesas electorales en su decisivo primer lapso de gestión.

Un apretado resumen: semanas de huelga estudiantil, amenaza de subida de impuestos cuando dijo que los reduciría, salida de mecanismos de integración, cifras disparadas de asesinatos a líderes sociales, y la misma corrupción de siempre. Concluya usted si esto es poco o nada.

 

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