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Da igual el color, mismo perro y mismo collar

Da igual el color, mismo perro y mismo collar

Imagine, por un segundo, que un diputado de Rusia, miembro de la Asamblea Federal, cree una cuenta en Twitter para apoyar la democracia en Estados Unidos y, de paso, abogar por un cambio en el sistema electoral en la nación norteña porque, en su opinión, los estadounidenses necesitan un modelo como lo entienden los rusos. Dando por sobre – entendido que ese, y sólo ese,  es el válido.

Ante un caso semejante, se harían todo tipo de denuncias, amenazas y castigos contra el sujeto y la plataforma. Pero, si al contrario, se trata de una cuenta abierta desde Estados Unidos para promover la injerencia en Cuba, el auto – titulado “policía del mundo” no ve violación, ni exceso. Como tampoco lo ve ¿casualmente? la compañía que dirige Twitter y vela por el cumplimiento de su política de uso.
Por más seductoras y útiles que resulten estas redes, y eso es incuestionable, no hay que cegarse. También le hacen más fácil el trabajo a las corporaciones mediáticas, y más arriba, a grupos de poder político y trasnacional, para desarrollar y sostener operaciones de carácter psicológico, gracias a la amplia base de información personalizada con la que cuentan.
Esto quiere decir que pueden, y de hecho lo hacen,  actuar sobre las emociones de sus usuarios, en busca de objetivos específicos. Entre ellos, contribuir al desgaste político y a la capacidad de resistencia de un blanco. Sí… Brzezinski, ex – secretario de Estado estadounidense, afirmaba que la clave está en el ataque al recurso emocional de un país por medio de la revolución tecnológica. Así enfilan los cañones de la guerra de Quinta generación. Un escenario que se define como proyecto de manipulación directa al ser humano.
No interesa ganar o perder, sinó demoler la fuerza intelectual del enemigo. Y ya está comprobado su funcionamiento. Obama ganó con Facebook; Trump con Twitter y las Fake News; Finalmente, Bolsonaro con WhatsApp y el sometimiento político del poder judicial a la derecha. Son casos concretos de manipulación de procesos políticos a través de los medios digitales y de las redes sociales, para causar caos, fracturar el tejido social y crear un imaginario colectivo que permita la elección de ciertos candidatos.
Con estos antecedentes, no resulta extraño que un advenedizo de la política estadounidense quiera hacer carrera, utilizando a Cuba como argumento. Ya lo intentó con el tema Venezuela, sin resultados que mostrar a su jefe, Trump. Ahora, recogiendo frutos de la Administración Obama, pretende convertirse en figura. Da igual de qué color venga, si moreno, rubio o castaño. Mismo perro y mismo collar.

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